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viernes, 4 de mayo de 2012

Un texto teñido de esperanza


Hace algunos años, creo que en el 2009, María Silvia y yo compartíamos un texto del Tercer Isaías, teníamos que hacer un trabajo.
El tercer Isaías tiene cuatro discursos refiriéndose a una ciudad con imágenes femeninas:
-          57, 6-13;
-          60;
-          62;
-          66, 7 –14a.
           El primero tiene una connotación negativa, en tanto que en los otros tres las imágenes femeninas son muy positivas.
Nos tocaba analizar el último, Is 66,7-14a, que presenta a Jerusalén como una mujer fecunda, como una medre, que da a luz a un pueblo y a Dios como una mujer que lleva y consuela a sus hijos. Las imágenes femeninas, maternas dan idea de paz[1]. Cuando una ciudad está en paz, es semejante a un seno protegido y seguro; más aún, es como una madre que amamanta a sus hijos con abundancia y ternura (cf. v. 11). Desde esta perspectiva Jerusalén vuelve a ser una ciudad - madre que acoge, sacia y deleita a sus hijos, es decir, a sus habitantes. Sobre esta escena de vida y ternura desciende la palabra del Señor, que tiene el tono de una bendición (cf. vv. 12-14).
Pensabamos en el contexto histórico del texto. Había terminado ya la cautividad en Babilonia, los israelitas habían retornado a su tierra, habían reconstruido el Templo pero las esperanzas no se habían realizado como Israel imaginaba en los días de cautiverio o como Ageo y Zacarías profetizaban en los primeros años que siguieron al retorno.
Jerusalén no es la ciudad gloriosa y vencedora, sino un conjunto de ruinas. La pobreza y las calamidades dificultan la reconstrucción de la ciudad, la hostilidad de los pueblos vecinos no hace sino acrecentar las ya graves dificultades que se respiran por todas partes. Todo ello es motivo de decepción para un pueblo que en el dolor había imaginado un porvenir glorioso. Pero queda un resto de fervorosos israelitas que no han perdido totalmente la esperanza y que, ante las dificultades presentes, empiezan a entrever que las promesas de Dios sobre el futuro de la ciudad santa han de referirse a una Jerusalén muy distinta de la política y nacionalista que se habían imaginado.
            En este contexto Isaías dice:
“Antes de tener los dolores, ella dio a luz;
antes de llegarle el trance, liberó un varón:
¿Quién ha oído tal cosa? ¿Quién ha visto cosas como éstas?
¿Acaso es parido un país en un sólo día? ¿o es dada a luz una nación
de una vez?
Apenas tuvo dolores, Que también dio a luz Sión a sus hijos.
¿Acaso yo hago romperse (la bolsa),si hacer dar a luz?
- dice Yahvé -
¿Acaso soy yo el que hace dar a luz pero obstruyo?
-          dice tu Dios -.

¡Regocijaos con Jerusalén, y alegraos por ella,
todos los que la amáis!
¡Gozaos con ella con gozo, todos los que lloráis por ella!

De modo que maméis y os saciéis de sus pechos consoladores,

de modo que chupéis y os deleitéis de su ubre ponderable.

Porque así dice Yahvé:
He aquí que extiendo hacia ella como un río, la plenitud,
y como un torrente desbordante la riqueza de las naciones;
y mamaréis;
sobre el costado seréis llevados, sobre las rodillas seréis acariciados.
Como uno a quien su madre lo consuela,
de la misma manera yo os consolaré
¡en Jerusalén seréis consolados!
¡Veréis y se gozará vuestro corazón,
y vuestros huesos como la hierba florecerán!”.


Y nos pareció que la clave de lectura de este texto es la esperanza. Una esperanza prefigurada, una esperanza con mayúsculas que envuelve otra clave: lo femenino y lo maternal. Es un texto que da la idea de anticipar algo asombroso, desbordante. Es un texto todo “teñido” de esperanza
La figura, la imagen de un Dios “obstetra” le da al texto una connotación especial que tiene que ver con la vida, con la fecundidad, tan propia de la mujer[2].
Otra característica: la anatomía humana, la referencia a partes del cuerpo humano: brazos, corazón, huesos, manos;  y la referencia a algo tan propio del cuerpo femenino: los senos. Y de ahí, la idea de fecundidad, de dar vida a través del “alimento que consuela y deleita”.
Y de los senos pasa a la comparación con la ubre, que hasta puede parecer una falta de respeto a lo femenino, pero como el texto, viene en un contexto de ternura que envuelve todas las palabras, no nos parece una falta de respeto, sino que nos da la idea de solidaridad, de amparo, de cobijo. Es la ubre comunitaria. De  lo individual se pasa a lo comunitario: “Vengan todos, hay para todos”. Hay una madre que recibe a todos los hijos, los abraza, los alimenta, los acaricia.
Croatto dice que el libro de Isaías apunta a la “reconstrucción de la esperanza” en los momentos más difíciles del pueblo. Parece como que Yahvé siempre tiene en mente la esperanza para ofrecer a  su pueblo. En este texto casi podríamos hablar de una esperanza “premeditada”, desde siempre, desde antes...
La imagen de la ciudad que alimenta, que cobija, que acaricia, es como un bálsamo de paz para un pueblo que ha sufrido mucho. Es la antítesis de la ciudad violenta que expulsa a sus habitantes. Con las características que le da a la ciudad, es imposible que no haya paz. Y si hay paz, será posible la justicia...

No sé, por un momento me paro en el lugar de pueblo desesperanzado porque las promesas no se cumplen, pero intentando confiar en Dios; un pueblo con seres queridos lejos tratando de buscar un futuro mejor, intentando confiar en Dios; un pueblo que busca respuestas, pero un pueblo que sigue intentando confiar en Dios. No sé porque pero no es tan difícil pararse en el lugar del pueblo al que se dirigía el Tercer Isaías. Se ve que el tiempo pasa pero algunas sensaciones quedan…
Sin embargo la invitación sigue siendo a confiar, confiar en que Dios tiene un proyecto de amor para nosotros desde siempre; que ese proyecto incluye a todos, reúne y acerca a los lejanos, consuela a los que están cerca pero afuera, porque hay paz para todos, esa paz que se desborda con la fuerza de un río.
Quizás el desafío sea entendernos, cada uno de nosotros, cada una de nosotras, proyecto de amor de este Dios que tiene un poco de obstetra y un poco de Madre; quizás si nos animamos seamos concientes de esa paz que se desborda y podamos transmitirla a los demás; quizás si lo logramos el mundo, y las sensaciones sobre él, empiecen a cambiar.



[1] La madre en la historia de la salvación: las características de la madre se descubren, traducidas metafóricamente, ya para expresar una actitud divina, ya en el orden mesiánico, o para expresar la fecundidad de la Iglesia.
Ternura y sabiduría divina: hay en Dios tal plenitud de vida que Israel le da los nombres de padre y de madre. Para expresar la misericordiosa ternura de Dios, rahamin designa las entrañas maternas y evoca la emoción visceral que experimenta la madre para con sus hijos (salmo 25,6; 116,5) Dios nos consuela como una madre (Is 66,13) y si una madre fuera capaz de olvidar al hijo de sus entrañas, Él no olvidará jamás a Israel (Is 49,15). (Cf. León Dufour, Xavier: “Vocabulario de Teología...”).

[2] Asimismo,  Yahvé recurre a otras imágenes vinculadas a la fertilidad. En efecto, habla de ríos y torrentes, es decir, de aguas que simbolizan la vida, la exuberancia de la vegetación, la prosperidad de la tierra y de sus habitantes (cf. v. 12).