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miércoles, 25 de abril de 2012

No pido milagros (Antoine de saint Exupery)



No pido milagros y visiones, Señor, pido la fuerza para la vida diaria. Enseñame el arte de los pequeños pasos.

Hazme hábil e inventivo para notar a tiempo, en la multiplicidad y variedad de lo cotidiano, los conocimientos y experiencias que me atañen.

Hazme seguro en la correcta distribucion del tiempo. Obsequiame el  tacto para distinguir lo primario de lo secundario.

Hazme comprender que los sueños poco ayudan al pasado y al futuro.
Ayúdame a hacer lo siguiente lo mejor que me es posible y a reconocer que esta hora es la mas importante.

Guardame de la ingenua creencia de que en la vida todo debe salir  bien. Obsequiame el sensato reconocimiento de que las dificultades, las derrotas, los fracasos, los contratiempos son una añadidura
natural a la vida, que nos empujan a crecer y madurar.

Recuerdame que el corazon muchas veces hace huelga contra la razon.
Enviame en el momento justo a alguien que tenga el valor de decirme la verdad con amor.

Tu sabes cuan necesitados estamos de la amistad. Concedeme el estar preparado a éste el mas hermoso, mas dificil, mas arriesgado y mas delicado regalo que nos ofrece la vida.

Provéeme de la fantasia necesaria para entregar en el momento preciso, en el lugar adecuado un paquetito de bondad, con o sin palabras.

Haz de mi un ser humano cual nave con el calado necesario para poder alcanzar tambien a los que estan abajo.

Preservame del temor del que podria perderme de vivir. No me des lo que yo pido, sino lo que necesito.

iEnseñame el arte de los pequeños pasos!

sábado, 21 de abril de 2012

Experiencias


Hoy en el seminario de catequesis, entre textos de Josué y Jueces, hablábamos de las imágenes de Dios. Algunas recién están empezando a abrir el Primer Testamento, tratando de conectarse con las experiencias del pueblo de Israel; y, tras entrar a la tierra prometida, lograr que caigan los muros de Jericó, una pregunta “¿No se supone que Dios es misericordioso, toda bondad? ”

¿Qué se puede decir de un Dios, cuya experiencia y concepto se desenvuelve en un movimiento revelador, que se va manifestando a lo largo y a través de la historia, y cuyo misterio se agranda en la medida en que nos adentramos en El?(*)

Pienso que, a veces, el hablar de “Sagradas Escrituras” nos hace olvidar que estamos frente a experiencias de Dios, que parece que así decidió revelarse, y que dichas experiencias son subjetivas. Si hay algo que siempre me maravilla es la heterogeneidad de testimonios de Dios, que aparecen en la Biblia. Desde las más amorosas hasta las que, ya por aquel entonces, servían un poquito, quizás, para justificar alguna macana del pueblo.

“Que bárbaro. Como trasmitieron las vivencias de su pueblo con Dios” decía otra de las chicas.

Hoy ¿nos animamos a contar nuestra experiencia de Dios? También nosotr@s somos testigos de ese Abbá que nos creo y nos sostiene… ¿Qué le dicen nuestras vidas, al mundo, sobre Dios?

Ahí nomás de Josué y jueces, de la conquista de la tierra, del Dios del anatema y de la infidelidad del pueblo, aparece Ana, la mamá de Samuel, l@s dejo con su experiencia…

1Mi corazón se regocija por el Señor,
mi poder se exalta por Dios;
mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación.
2No hay santo como el Señor,
no hay roca como nuestro Dios.

3No multipliquéis discursos altivos,
no echéis por la boca arrogancias,
porque el Señor es un Dios que sabe;
él es quien pesa las acciones.

4Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor;
5los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía.

6El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
7da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece.

8Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria;
pues del Señor son los pilares de la tierra,
y sobre ellos afianzó el orbe.

9Él guarda los pasos de sus amigos,
mientras los malvados perecen en las tinieblas,
porque el hombre no triunfa por su fuerza.

10El Señor desbarata a sus contrarios,
el Altísimo truena desde el cielo,
el Señor juzga hasta el confín de la tierra.
Él da fuerza a su Rey,
exalta el poder de su Ungido.

(1sam 2, 1-10)

(*) Pregunta tomada de: ZAÑARTU, Sergio s.j.: "Dios en el Antiguo Testamento" sitio web: http://www.jesuitas.cl/files/documentos/szanartu/Apuntes/DiosATApuntes.pdf

viernes, 6 de abril de 2012

¿Y Dios?



"La cruz es un absurdo

y más absurdo es que Dios la haya asumido.

Dios asume la cruz en solidaridad

y amor con los crucificados” (L, Boff)

“El hombre no mueve a Dios, con este nuevo sacrificio, a cesar en su cólera; es Dios el que actúa para que el ser humano abandone su hostilidad hacia él y hacia el prójimo. No es Dios, sino el hombre, el que debe transformarse con este sacrificio; no es Dios, sino el hombre, el que debe superar la ira, los impulsos asociales y agresivos.

Este sacrificio no actúa mediante la muerte sino mediante la superación de la muerte… Dios entregó una vida para recrearla desde la muerte.[1]

El núcleo del mensaje cristiano es la pasión y muerte de Jesús, y sabemos por la fe que el Crucificado es Dios.

José Luis Caravías se pregunta: ¿de qué modo Dios está comprometido en la historia de la pasión de Cristo? ¿Cómo es posible que la fe cristiana considere la pasión de Cristo como revelación de Dios, si la divinidad no puede padecer? ¿Dios hace sufrir al hombre Jesús por nosotros o es que Dios mismo sufre en Cristo por nosotros?”[2]

Si Dios fuera incapaz de padecer, la pasión de Jesús sería meramente una tragedia humana.

En el Antiguo Testamento Dios movido por el amor, se comprometió en una Alianza, en la que el mismo se vuelve vulnerable: vive las experiencias de Israel, sus triunfos, sus pecados, sus sufrimientos.

Pero con Jesús Dios viene a nuestro encuentro en la debilidad de una criatura, que puede sufrir, que sabe lo que significa ser tentado, llorar la muerte de un amigo, ocuparse de los hombres insignificantes; que puede ser calumniado e insultado, condenado y ajusticiado.

En la concepción helenista era casi ridículo pensar en un dios que sufriera, toda divinidad era impasible. El Dios de Jesús, en cambio, sufre la muerte de su Hijo en el dolor de su amor. Por tanto, en Jesús Dios es también crucificado y muere. El Padre sufre la muerte del Hijo y asume en sí todo el dolor de la historia. Así, en esta íntima solidaridad con el hombre se revela como el Dios del amor, que desde lo más negativo de la historia abre un futuro y una esperanza.

“Este fue el escándalo del cristianismo entre judíos y griegos, y éste, que fue su escándalo, el escándalo de la cruz, sigue siéndolo aún entre cristianos: el de un Dios que se hace hombre para padecer y morir, y resucitar por haber padecido y muerto; el de un Dios que sufre y muere. Y esta verdad de que Dios padece, ante la que se sienten aterrados los hombres, es la revelación de las entrañas mismas de Dios”[3].


“El rostro del Dios cristiano no es ya el de un todopoderoso, sino el de un todo débil, porque su amor, la omnipotencia de su amor, lo ha introducido en la debilidad. El Dios de Jesús es un Dios débil. El amor, que supone dar y darse, debilita. De ahí que el símbolo del amor de Dios no sea el trono sino la cruz. Al Dios cristiano se le juzga, se le escupe a la cara y se le ejecuta como a un cualquiera. Y para convertirse a este Dios es necesario convertirse aquí y ahora a los crucificados de este mundo. Pues el Dios llamado desde siempre omnipotente se ha convertido en omnidébil. La omnipotencia de Dios consiste en poder superarlo todo, no en poder evitarlo todo.”[4]

La cruz no es respuesta, sino una nueva forma de preguntar, la invitación hacia una actitud radicalmente nueva hacia Dios, preguntarnos sobre el rostro del Dios en el que creemos.

Tratando de acercarme un poco más a la cruz, noto que me faltó hablar del Dios en el que creo, el Dios al que Jesús nos enseñó a llamar Abba, y no creo que haya sido para endulzarlo, sino, quizás, para mostrarnos que no estamos frente a un Dios impasible.

El Dios de Jesús[5] es el Dios de los que se juegan apasionadamente, de los que entregan su vida a una causa y, a veces, fracasan, el de los mártires, los asesinados, el de los violentados de mil formas diferentes; los que en la entrega total pueden dar un grito desesperado de esperanza.

Es muy difícil sostener el escándalo de la cruz pero resulta triste, por no decir vergonzoso, que hablemos más de la cruz que del crucificado, que no nos animemos a su historia, al por qué de su ejecución. Así se presume que la salvación consiste en el perdón de los pecados solamente dejando de lado la más amplia concepción bíblica de salvación como Reino de Dios.

La cruz de Jesús queda desvirtuada, sin valor alguno; le quitamos su fuerza, se convierte en un adorno. A veces parece que nos olvidamos de que el que está muriendo en la cruz es hijo de Dios, un Dios Padre que sufre la muerte de su hijo y que en esa cruz nos enseña que es el primero que se ve afectado por la libertad que el mismo nos dio[6]; pero también nos enseña que no se conforma, que asume ese dolor, y en su dolor todos los otros, y en la Resurrección abre el futuro y la esperanza para todos.

Moltmann nos invita a “pensar la historia en Dios”:

No hay sufrimiento que en esta historia no se hubiera convertido en sufrimiento de Dios, no hay muerte que no se hubiera convertido en muerte de Dios en la historia sobre el Gólgota. Por eso tampoco hay vida, ni felicidad, ni alegría que no se integren por su historia en la vida eterna, en la eterna alegría de Dios.[7]

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[1] THEISEN, GERD-MERZ ANNETTE:El Jesús Histórico.” Ediciones Sígueme, Salamanca, 1999.

[2] CARAVIAS JOSÉ LUIS: “El Dios de Jesús”. Tomado de página web: www.servicioskoinonia.org.

[3] CARAVIAS JOSÉ LUIS: Op. Cit.

[4] CARAVIAS JOSÉ LUIS: Op. Cit.

[5] Cuestión que quizás merecería un párrafo aparte.

[6] La libertad de Jesús de seguir su camino y asumir sus consecuencias; la libertad de sus opositores para matarlo.

[7] MOLTMANN JÜRGEN:”El dios crucificado”. Colección Verdad e Imagen, Editorial Sígueme, Salamanca, 1977, p.349.