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domingo, 21 de abril de 2013

La eternidad del encuentro


"¿Cómo construye pues la vida las líneas de fuerzas en las que vivimos? ¿De dónde viene la fuerza que me atrae hacia la casa de ese amigo? ¿Cuáles son los instantes capitales que han hecho de esa presencia uno de los polos de los que tengo necesidad? ¿Con qué secretos acontecimientos están amasadas las ternuras particulares y, a través de ellas, el amor al país?
¡Qué poco ruido hacen los verdaderos milagros! ¡Qué simples son los acontecimientos esenciales! Sobre el momento que quiero relatar hay tan poco que decir, que me es necesario revivirlo en sueños, y hablar a ese amigo.

Era un día antes de la guerra, a orillas del Saona, cerca de Tournus. Habíamos elegido para almorzar un restaurante cuyo balcón de tablas dominaba el río. Acodados sobre una mesa sencilla, que algunos clientes habían grabado a cuchillo, habíamos pedido dos Pernods. Tu médico te prohibía el alcohol, pero hacías trampa en las grandes ocasiones. Y aquella era una gran ocasión.
No sabíamos por qué, pero así era. Lo que nos alegraba era algo más impalpable que la calidad de la luz. Por eso te habías decidido por el Pernod de las grandes ocasiones. Y como dos marineros descargaban una chalana a dos pasos de nosotros invitamos a los marineros. Los habíamos llamado desde lo alto del balcón.
Y vinieron. Vinieron con toda sencillez. Tan natural habíamos encontrado el invitar a camaradas, a causa, quizás, de aquella fiesta invisible en nosotros. ¡Era tan evidente que responderían al signo! ¡Brindamos, pues!
El sol era agradable. Su tierna miel bañaba los álamos de la margen opuesta y la llanura casi hasta el horizonte. Estábamos, siempre sin saber por qué, cada vez más contentos. Nos tranquilizaba que el sol brillara, que el río corriera, que la comida fuera comida, que los marineros hubieran respondido al llamado, 
que la sirvienta nos sirviera con una suerte de gentileza dichosa como si presidiera un fiesta eterna. Estábamos completamente en paz, bien afincados, al abrigo del desorden, en una civilización definitiva. Saboreábamos una suerte de estado perfecto en el que, colmados todos los deseos, no teníamos ya nada que confiarnos. Nos sentíamos puros, rectos, luminosos e indulgentes.
No hubiésemos sabido decir cuál verdad se nos aparecía con tanta evidencia, pero el sentimiento que nos dominaba era, sin duda alguna, el de la certidumbre, el de una certidumbre casi orgullosa.
De aquel modo el universo probaba su voluntad a través de nosotros. La condensación de las nebulosas, el endurecimiento de los planetas, la formación de las primeras amebas, el trabajo gigantesco de la vida que encaminó la ameba hasta llegar al hombre, todo, todo había convergido felizmente para desembocar, a través de nosotros, en aquella cualidad del placer. Como resultado no estaba mal.
Nos regodeamos con aquel encuentro mudo y aquellos ritos casi religiosos. Mecidos por el vaivén de la sirvienta casi sacerdotal, los marineros y nosotros brindábamos como los fieles de una misma Iglesia, aunque no hubiésemos podido decir cuál.
Uno de los dos marineros era holandés; el otro alemán. Éste había huido del nazismo. Allá estaba perseguido por comunista o por trotskista o por católico o por judío. (Ya no recuerdo la etiqueta por cuyo nombre había sido proscrito el hombre). Pero en aquel momento era algo totalmente distinto que una etiqueta.
Lo que contaba era el contenido. La pasta humana. Era un amigo, simplemente. Y estábamos de acuerdo, entre amigos. Tú estabas de acuerdo. Yo estaba de acuerdo. Los marineros y la sirvienta estaban de acuerdo. ¿De acuerdo en qué? ¿Acerca del Pernod? ¿Del significado de la vida? ¿De la dulzura del día? Tampoco eso hubiésemos podido decirlo. Pero el acuerdo era total, y estaba tan sólidamente establecido en profundidad, se asentaba sobre una Biblia tan evidente en su sustancia, aunque inexpresable mediante palabras, que de buen grado hubiésemos aceptado fortificar aquel pabellón, sostener allí un cerco, morir tras la metralla para salvar aquella sustancia.
¿Qué sustancia?… ¡Esto es lo que resulta difícil de explicar! Corro el riesgo de aprehender tan sólo reflejos y no lo esencial.
Las palabras, insuficientes, dejarán escapar mi verdad. Sería oscuro si pretendiera que hubiéramos combatido con gusto para salvar una determinada cualidad de la sonrisa de los marineros, y de tu sonrisa y de mi sonrisa, y de la sonrisa de la sirvienta, o un determinado milagro de aquel sol que tanto trabajo se había tomado, desde hacia millones y millones de años, para llegar, a través de nosotros, a la cualidad de una sonrisa tan bien lograda.
Lo esencial, lo más frecuente, no tiene peso. Aquí lo esencial sólo fue, aparentemente, una sonrisa. Una sonrisa es a menudo lo esencial. Una sonrisa paga. Una sonrisa recompensa. Una sonrisa anima. Y la cualidad de una sonrisa puede hacer morir.
Sin embargo, puesto que esa cualidad nos liberaba tan plenamente de la angustia de los tiempos presentes y nos otorgaba la certeza, la esperanza, la paz, tengo necesidad de contar hoy, para expresarme mejor, la historia de otra sonrisa". (SAINT EXUPERY, ANTOINE: "Carta a un rehén" c. III)

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