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sábado, 10 de marzo de 2012

“Mujer ¿Por qué lloras?” (Jn 20, 11-18)



El aprendizaje humano se define como el cambio relativamente invariable de la conducta de una persona a partir del resultado de la experiencia. Se presenta como algo dinámico. Otros pueden enseñarnos, pero conforme vamos viviendo, vamos mirando al mundo a través de nuestras propias lentes.
Creo que lo mismo debería ocurrir con la fe. Creo que una fe adulta habla de un proceso dinámico que va desde el Dios que me contaron a la propia experiencia del Dios vivo, el que se manifestó en mi vida de una forma única, quizás muy distinta a la que podrían contar mi mamá o mi abuela.
Ir a la búsqueda de Dios quizás traiga muchos conflictos, muchas desilusiones pero quedarnos en lo que nos cuentan sería, no sólo, como amar a alguien que no conocemos, sino amarlo y no querer acercarnos a él.
Aveces nos encontramos defendiendo verdades que no entendemos y, lo que es peor, poniendo todas "nuestras verdades" al mismo nivel; nos asustan tanto, tanto las dudas.
Pienso que preguntarse no es dejar de creer, es ponerle contenido a nuestras verdades, para creer con más fuerza, alabar, pedir, agradecer a Dios con más fuerza y, sobretodo, vivir con más coherencia.
El Diccionario de Teología Bíblia Ravasi nos cuenta:

“Prescindiendo del ámbito profano, jurídico y puramente religioso, entendemos por fe la total referencia a Dios, conocido en la revelación, por parte del hombre, que en el análisis de las propias dimensiones fundamentales con el mundo, la muerte, los demás hombres y la historia (GS 4-22) se descubre abierto a la trascendencia y dotado de una libertad que se explícita en la responsabilidad y en la esperanza”.

Responsabilidad frente al hermano y la esperanza de que Dios está y salva.

Los dejo con María Magdalena, justito a la puerta del sepulcro, pasando de la muerte a la vida de la mano del Señor...

(I) Introducción

María Magdalena... Juan señala su presencia en el calvario junto a otras mujeres; Lucas la incluye en la lista de las que siguen a Jesús y la caracteriza como aquella de la que habían salido siete demonios; Marcos y Mateo la ubican entre las mujeres que van al sepulcro después del sábado. Juan conocería esta tradición pero sólo habla de María.

Evidentemente había sido liberada por Jesús y era una de sus seguidoras, pero está desesperada, “se han llevado del sepulcro al Señor”, dice, no entiende y llora.

El presente trabajo pretende mirar algo más de cerca el camino que conduce a María del descreimiento y la desesperación al resurgir personal que la llevó a la misión confiada por el maestro, que está vivo, la reconoce y acompaña.

(II) Contexto Literario

(a) Las apariciones del resucitado

Los evangelistas presentaron distintos relatos sobre la resurrección signados según la perspectiva teológica de cada uno y, seguramente, de las tradiciones de las que disponían. Ninguno pareciera pretender reconstruir una secuencia de acontecimientos, como en el caso de la pasión, sino poner de manifiesto el efecto del acontecimiento pascual en el mundo.

“Lo que las presentaciones evangélicas tienen en común es que el descubrimiento del sepulcro vacío precede a las apariciones del resucitado”[1].

Ninguno aclara demasiado el tiempo durante el cual se produjeron las apariciones, pero el cese de las mismas no habla de ausencia sino de presencia de otro tipo, por eso es que en cada evangelio encontramos, como principal, el episodio de encuentro entre Jesús y sus discípulos (Mt 28, 16-20; Mc 16, 7.14-18; Lc 24, 33-49; y, Jn 20, 19-23), fundando, así, la comunidad de los que creen en la resurrección.

Sin embargo, la visión del misterio pascual se presenta de forma distinta en Juan. Para los sinópticos, la resurrección era un acontecimiento posterior a la muerte y previo a la ascensión. Para Juan, que no manifiesta separación temporal entre la resurrección y la ascensión, Jesús comienza el camino de su exaltación y glorificación, en la cruz. Al respecto sostiene Brown:

“Jesús es exaltado en la cruz; es resucitado de entre los muertos y finalmente pasa al Padre: todo esto forma parte de una acción única y de una misma ‘hora’”[2].

Entonces, ¿por qué el Evangelio de Juan también nos presenta los relatos de las apariciones del resucitado? La respuesta es que, también, resultaba importante mostrar como los seguidores de Jesús se encaminan en la fe al Señor que vive y va a su encuentro.

(b) El capitulo 20 del Evangelio de Juan

Leon Dufour sostiene que el capitulo 20 del Evangelio de Juan es presentado “como una catequesis de la fe que reconoce en Jesús al Señor y es capaz de irradiar su presencia en el mundo”[3]. Así sostiene que el evangelista habría estructurado dicho capitulo comenzando por la fe del discípulo amado y de María, continuando por la de los discípulos, concluyendo esta extensión progresiva de la fe con la aclamación “¡Dichosos los que creen sin haber visto!”; prolongando, así, la misma hasta los lectores de hoy.

A su vez, a lo largo del capítulo, encontramos un modelo de “crecimiento/ desarrollo”[4] en cuanto a los objetos que se ven y a la cantidad de personas a las que se va apareciendo Jesús. María ve una piedra que ha sido quitada, el discípulo amado ve las vendas de lino que habían cubierto a Jesús y Pedro, además de las vendas, ve el sudario que cubrió su cabeza. Jesús se aparece, en principio, a María Magdalena, luego a los discípulos en ausencia de Tomás, posteriormente a los discípulos incluyendo a Tomás, terminando con la aclamación ya aludida en que se bendice, universalmente, a todos los que creen sin ver.

(c) Estructura literaria del capitulo 20[5]

este capítulo se divide en dos bloques, el comienzo de cada uno de los cuales es indicado con una alusión temporal (v. 1, “el primer día de la semana” y v. 19, “Al atardecer de aquel día”) además del cambio en el espacio físico (el primero en la tumba vacía, el segundo en la casa donde se escondían los discípulos); cada bloque, a su vez, se divide en dos episodios, refiriéndose los primeros, de cada bloque, a los discípulos que creen y los segundos, a la aparición de Jesús a una persona determinada (María Magdalena y Tomás), percibiéndose en estos últimos casos una progresión en cuanto a que van del descreimiento a reconocer a Jesús.

Asimismo, el primer episodio del primer bloque aparece ligado al segundo episodio del segundo bloque por las referencias a “ver” y “creer” (vv. 8 y 29, a y a’). A su vez, el segundo episodio del primer bloque, y el primero del segundo bloque están ligados porque ambos finalizan “He visto/hemos visto al Señor” (vv. 18 y 25, b y b’).

(III) Análisis de la pericopa

a) Límites del texto a analizar

El micro relato a analizar es el que abarca los versículos que van del 11 al 18 del capítulo 20 del Evangelio de Juan.

Entre los indicadores narrativos que nos ayudan a fijar los límites del relato encontramos, en principio, un cambio en los personajes, María, Simón Pedro y el discípulo que Jesús quería en Jn 20, 1-10; María, los ángeles y Jesús en el relato en análisis y los discípulos y Jesús en Jn 20, 19-29.También, como ya se ha mencionado, encontramos un indicador geográfico, Jn 20, 11-18 transcurre en el sepulcro mientras que Jn 20, 19-29, transcurre en el lugar donde se encontraban los discípulos.

b) Trama episódica

§ Situación inicial: María en el sepulcro llorando desesperada por no encontrar el cuerpo de Jesús (vv. 11-13).

§ Nudo: Aparece Jesús pero María no logra reconocerlo (vv. 14-15).

§ Acción transformadora: Jesús la llama por su nombre y María logra verlo (v. 16). En este versículo encontramos tanto la tensión dramática como la narrativa cuando Jesús dice “María”.

§ Desenlace: Se produce cuando Jesús le pide la protagonista que no lo toque y la envía con un mensaje para sus hermanos (v. 17).

§ Situación final: Encontramos a María contando la buena nueva a los discípulos.

c) Tiempo narrativo

En cuanto al tiempo narrativo podemos decir que el relato transcurre a una velocidad normal, es más se puede sostener, prestando atención a los verbos, que si bien es un relato con mucho dialogo, no pierde en ningún momento el dinamismo.

d) Claves de lectura[6]

· “Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro...”. El texto griego dice que estaba de pie (heistekei) junto al sepulcro, como la encontrábamos de pie junto a la cruz (Jn 19, 25). Este tipo de introducción resulta extraño en un evangelio en el que generalmente se indica el movimiento de los personajes de un lugar a otro. Hay quien supone que el evangelista se guió, inicialmente, por una tradición que hablaba de María Magdalena y de Pedro, en el que ambos salían corriendo hacía el sepulcro, y María se quedaba llorando afuera mientras Pedro ingresaba; luego, el redactor habría agregado la figura del discípulo amado y, a partir del versículo 11 habría retomado la fuente que tenía como protagonista a María. Esta llora, la repetición del verbo klaio nos habla de que solloza, está angustiada, pero este lamento nada tiene que ver con las lamentaciones oficiales durante los funerales (como los que se citan en Mc 5, 39, por ejemplo), llora porque se han llevado del sepulcro a su Señor y no sabe dónde lo han puesto. A diferencia de las mujeres de los sinópticos no entra al sepulcro. Permanece, aún, en la oscuridad[7] de la incredulidad con que la encontrábamos al comienzo del capítulo (Jn 20, 1-2); pero más allá de la oscuridad, permanece de pie junto al sepulcro y quizás sea ese permanecer el que la lleva a su experiencia de encuentro con el resucitado.

· “Y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies...”. Cuando se inclina hacia el sepulcro no ve las vendas y el sudario como en el caso de Pedro y el discípulo al que Jesús quería, ve dos ángeles, siendo la primera vez en el Evangelio de Juan en que estos seres se hacen visibles a los protagonistas del relato. María ve a los ángeles pero no se asusta, como ocurre en los relatos sinópticos; tampoco estos seres son portadores de mensajes de resurrección como ocurre en dichos evangelios. Para nosotros pueden ser signo de Dios en la historia, aunque para ella, en su tristeza, no representen signo alguno. En cuanto al blanco de sus vestidos, ese suele ser el color de las vestiduras de los seres celestiales en la Biblia (Dan 7, 9; Ap 1, 14; 4, 4; Mc 16, 5; Mt 28, 3; Lc 24, 4, etc.), lo mismo que de Jesús transfigurado (Mc 9, 3).

· “Dícenle ellos: ‘Mujer, ¿Por qué lloras?’...”. Ciertos autores sostienen que esta pregunta, de parte de los ángeles, es una crítica al llanto, y desesperación, de la mujer[8], atento que no había ningún motivo para llorar. Pero se constituye, a su vez, en la pregunta que libera el desahogo de María.

· “Ella les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto’...”. La Biblia de Jerusalén traduce “ella les respondió”, el texto griego habla de “ella dijo”. María no responde la pregunta de los ángeles, desahoga su angustia, repite con algunas variaciones el grito de pena del versículo 2 (“mi Señor” en lugar de “el Señor” y el verbo “saber” en singular). Si bien en su arrebato dice “me han quitado a mi Señor”, ella se refiere a su cuerpo muerto, recordemos que ya en el versículo 2 habla del cuerpo que han “quitado” sin que ellos sepan donde ha sido “llevado”, más allá de la veneración por su Señor, parece que lo que ella busca es un cuerpo inerte.

· “Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús...”. Se nos advierte que Jesús se encuentra tras María, pero ella aunque lo ve, no lo reconoce. Tanto en esta oportunidad, como cuando ve a los ángeles en el versículo 12, el verbo que se utiliza es theorein, quizás hablando de una mirada ausente de fe. “En el v. 8, en que a la mirada acompaña la fe, se usa el verbo idein”[9]. Sin embargo, theorein es el verbo que se utiliza en la promesa de Jn 14, 19: “El mundo no me verá más; vosotros sí me veréis”. A su vez, hay que tener en cuenta que es frecuente en estos relatos de las apariciones del resucitado el hecho de que sus protagonistas no reconozcan, al menos inicialmente, al Señor que se les presenta (Lc 24, 31.35.37ss.; Mc 16, 12; Jn 21, 4). Para algunos comentaristas esto podría tener una finalidad, de carácter apologético, demostrar que los discípulos no estaban predispuestos a reconocer a Jesús y, una teológica, en cuanto a insistir en que Jesús resucitado ha experimentado un cambio profundo[10].

· “Le dice Jesús: ‘Mujer ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?’...”. Jesús repite la pregunta de los ángeles pero agrega ‘¿A quién buscas?’, el tema de la búsqueda encuentra cierta conexión con los relatos sinópticos de la visita de las mujeres al sepulcro, sólo que en esos relatos se indica cual era el objeto de dicha visita (Mt 28, 5; Mc 16, 6; Lc 24, 5). Esta pregunta ya ha aparecido en el evangelio en 1, 38 (también en 18, 4), Jesús se las hace a los discípulos de Juan, ante lo que ellos le preguntan dónde vive; María, en el texto en análisis, quiere saber dónde está el cuerpo de Jesús, en ambos casos la pregunta se refiere a una localización en este mundo. Pero Jesús vive en el Padre.

· “Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: ‘Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.’...”. María lo confunde con el encargado del huerto lo que sería plenamente coherente con la novedad que trae este evangelio en cuanto a que el sepulcro se encontraba en un huerto. En la obra de Tertuliano se haría referencia a ciertas leyendas en relación a la existencia de este encargado e incluso alguna que sostuviera que el mismo habría robado el cuerpo. Tanto en el versículo 2 como en el 13 María sostiene que “se han llevado al/mi Señor” ese plural se convierte en este texto en un tú y le pregunta sobre el misterio de la tumba vacía la realiza a aquel cuyo cadáver busca. María sigue en una posición de total incredulidad.

· “Jesús le dice: ‘María’. Ella se vuelve y le dice en hebreo: ‘Rabbuní – que quiere decir Maestro -’...”. Jesús ya no le dice ‘Mujer’, le dice María, como el Buen Pastor la llama por su nombre y ella lo reconoce. Para el semita el nombre alcanza la intimidad del ser, sólo alguien que la conoce personalmente puede llamarla así. María, a su vez, también le reconoce y le dice Rabbuní, ‘mi maestro’, titulo que si bien aparece en varias oportunidades en el evangelio (1, 38.49; 3, 2; 4, 31; 6, 25; 9, 2; 11, 8), sólo en esta oportunidad, que es la última, y en la primera, 1, 38, es seguido por el comentario sobre su significado. Con este titulo, el autor nos deja ver que María va emergiendo de su dolor, y hace su confesión de fe, que algunos llaman parcial, al reconocerlo como maestro estaría volviendo al pasado; otros, haciendo un paralelo con 1, 38, sostienen que este modesto titulo sería más digno de los comienzos de la fe que de su culminación. En ambos casos se podría sostener que

“La Magdalena joánica delata que no ha comprendido la resurrección al imaginar que puede seguir de nuevo a Jesús de la misma manera que lo había seguido durante el ministerio”[11].

Y es posible, por eso María dará un paso más.

· “Dícele Jesús: ‘Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios’...”. Ese ‘deja de tocarme’ bien nos puede señalar que María abrazó los pies de Jesús, como hacen las mujeres en Mt 28, 9; el imperativo presente indica que esa acción debe detenerse. Ella tiene que soltar a Jesús y cumplir la misión que se le encarga, tiene que ir a hablar a los discípulos, tiene que trasmitir el mensaje de Jesús. María trata de aferrarse a él, confunde la aparición con su promesa de presencia permanente, cuando Jesús le dice que “todavía” no ha subido al Padre, es para aclararle que ella “todavía” no puede tener esa presencia permanente, que tendrá lugar de una forma distinta cuando sea dado el Espíritu, ese mismo Espíritu que los convertirá en hijos de Dios. “Subo a mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios”. Sólo la ascensión de Jesús hará posible el don de ese Espíritu, que los engendre como hijos de Dios, por eso ya son ‘Hermanos’ de Jesús[12].

“Si distingue entre ‘mi Padre’ y ‘vuestro Padre’, no es para expresar una diferencia, ..., si no para subrayar que la relación de los discípulos con el Padre se ha transformado en su propia relación[13] .

Se trata de la entrada de los creyentes en el amor que, desde siempre, une al Padre y al Hijo.

· “Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: ‘He visto al Señor’ y que había dicho estas palabras.” María Magdalena trasmite el mensaje, ‘He visto al Señor’, dice. Podría haber dicho: ‘El Señor ha resucitado’, pero la experiencia es la que prevalece sobre la objetividad, se ha encontrado con el Viviente. A su vez, habla del ‘Señor’, ya no del ‘Maestro’ como en el versículo 16, y este titulo, además de hablar de Jesús resucitado, es el que se utiliza en los LXX para traducir el tetragrama, que es el nombre propio de Dios. Parece ser que María, de la mano de Jesús, no sólo logra emerger de su dolor, sino que da un paso más en su itinerario de fe. Tras las tinieblas de la incredulidad, pasa por la fe parcial, que busca atarla al pasado, y llega a la fe perfecta que la lleva a cumplir su misión y trasmitir la buena noticia a sus hermanos. El hecho de que se mencione su nombre completo y su movimiento hacia los discípulos para trasmitir su experiencia marcan un paralelo con el comienzo del primer bloque del capítulo 20, indicando su fin.

(IV) Conclusión

El texto comienza junto a un sepulcro, imagen de vacío, de dolor, de pérdida. María está desolada pero de pie, buscando; ve que el sepulcro está vacío pero no entiende.

En el lugar donde yacía el cuerpo de su maestro, en el mismo en que Pedro y el discípulo al que Jesús quería vieron los lienzos que cubrían ese cuerpo inerte, ella encuentra dos ángeles de blanco que indagan sobre el origen de su dolor.

Aparece Jesús y ella lo mira pero no sabe que es él. Él pregunta, espera, permanece; la llama por su nombre, como el buen pastor que conoce a sus ovejas, y ella, que buscaba un cadáver, lo reconoce vivo. Su maestro, su consuelo. Se arroja a sus pies, pero debe dejar de hacerlo, debe de dar testimonio de que su Señor vive.

Y el sepulcro resultó paradójico lugar de encuentro y cristofanía, mudo testigo del camino de fe de María, del proceso de reemergencia de una mujer que llegó hasta allí llorando, desolada, quizás descreída, y que, tras chocarse con el amor del que toma la iniciativa, la reconoce y la acompaña, se va cambiada en una mujer exultante, primer testigo de la resurrección a quien se le confía la revelación de que se ha cumplido la alianza entre Dios y los hombres.



[1] LEON DUFOUR, XAVIER: “Lectura del Evangelio...”. P. 161

[2] BROWN, RAYMOND E.: El Evangelio según...”. p. 1447

[3] LEON DUFOUR, XAVIER: Ibídem. p. 164.

[4] Cf. MOLONEY, FRANCIS J.: “El Evangelio de...”. p. 523

[5] Cf. MOLONEY, FRANCIS J.: Op. Cit. p. 523

[6] Texto cf. Biblia de Jerusalén, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1998.

[7] Es de notar que en el Evangelio de Juan se relacionan las tinieblas, lo oscuro, la noche, con la ausencia de fe (cf. 1, 5; 3, 2; 6, 17; 9, 4; 8, 12; 11, 10; 12, 35.46; 13, 30; 19, 39).

[8] LEON DUFOUR, XAVIER: Ibídem p. 178.

[9] BROWN, RAYMOND E.: Ibídem p. 1411.

[10] Cf. BROWN, RAYMOND E. Ibídem p. 1441.

[11] BROWN, RAYMOND E. Ibídem p. 1443.

[12] En el pensamiento joánico son hijos de Dios los que creen en Jesús y son engendrados por el Espíritu.

[13] LEON DUFOUR, XAVIER. Ibídem p. 185

1 comentario:

  1. María, mi querida María... este relato de Jn, tan lindo, tan vivo, es uno de los que más me alegran. Me "dice" mucho que la que "se queda de pie" ante el sepulcro, aunque llorosa, sea quien encuentre al viviente.
    Gracias, Mara.

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